El tráfico ilegal de árboles ha resultado ser uno de los problemas que más preocupa a la comunidad ambientalista, ya que no solo afecta con la diversidad de fauna y flora del territorio; y es que es preciso entender que el tráfico de madera es un negocio que guarda detrás muchos intereses económicos, su fuerza devastadora se concentra en las mayores joyas de la diversidad; en las especies de árboles más valiosas y escasas.
El tráfico de madera es una de las actividades que se da detrás de la deforestación de la selva amazónica peruana. Según la ONG Global Witness, en el Perú se han talado más de 130.000 árboles ilegalmente en los últimos diez años dentro de un negocio ilícito que, según la Organización de Naciones Unidas, movió en el mundo entre 45.000 y 135.000 millones de euros en el 2016.
Así pues, dentro de lo que imposibilita combatir esta actividad es la falta de recursos contra su lucha, la cooperación de las autoridades locales y la situación económica de territorios vecinos que permite que estos leñadores ilegales campen a sus anchas arrasando impunemente con la selva y ocasionándole al planeta daños que podrían tardar años en repararse.
Dentro de las utilidades que se le dan al tráfico de madera están sobre todo para mueblería, parques y vigas para viviendas en todo del mundo. Los mercados pulen los tablones para que los cortes de las motosierras no se aprecien y parezca que la madera se ha obtenido legalmente y posteriormente la venden a carpinteros locales.
Según la Policía Ecológica el aprovechamiento de recursos maderables ilícito es un delito tipificado dentro del código penal. Se señala también que acabar con este negocio ilícito es una ilusión que debe hacerse realidad lo más pronto posible, pero que solo se llevará a cabo si se aumentan los presupuestos para la lucha contra la tala ilegal de árboles y se acaba con toda la red de actores que la hacen posible, desde policías y autoridades locales, hasta algunos vecinos que, debido a la falta de trabajo, se emplean como peones a pesar de dañar su propio entorno.
Por: Luisa Arango – Comunicadora Social y Periodista (UPB)
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